Inmersos en las vacaciones navideñas, casi un tercio de nuestra juventud (entre 18 y 24 años) pasará una parte importante de ellas encerrada, ya que como todos los años por estas fechas, se prepara la próxima época de exámenes de la Universidad, correspondiente al  primer semestre de este curso 2016-2017. Día tras día, enclaustramiento a tiempo completo en bibliotecas o viviendas, sustancias químicas sintéticas para mejorar la  capacidad de concentración y soportar las largas jornadas de estudio y su cansancio  asociado, sedentarismo físico degradante, memorización frenética de palabras, frases, párrafos, fechas, cifras, fórmulas, problemas… todo esto, para según nos dicen, tener los jóvenes que ya están conformando “la generación más preparada de la historia”. Algunos no podemos dejar de preguntarnos, preparada, ¿en qué? y ¿para qué?

Un millón y medio de jóvenes estarán encerrados para repetir seguidamente cual papagayos lo que el Ministerio de Educación ordena que se memorice. Es indiferente que esto se aprenda y se interiorice, lo que en realidad no sucede, ya que se olvida prácticamente todo lo aprendido, al igual que anteriormente en la escuela. Lo crucial es que se dedique ese tiempo a estar encerrados, alejados de la realidad social, de los iguales, apartados de la vida, de la calle y sus gentes, para estar empapándose de imágenes y libros, y no aprender prácticamente nada útil para la vida exceptuando el acumulo de títulos que facilite el acceso a un nivel superior del mercado laboral o de algún puesto funcionarial. Es desgarrador ver  cómo jóvenes entre esas edades y algo más avanzadas, no pueden dedicar ni siquiera tiempo a sus familias, a sus amistades, a sus relaciones en definitiva, porque su “formación” para el mañana así lo exige. Eso está generando toda una generación de personas altamente disminuidas para entablar y mantener relaciones convivenciales, proclives a la soledad, y por tanto débiles (por divididos) ante los estamentos económicos y políticos superiores.

“Es por tu bien”, se les dice, para justificar unas jornadas de trabajo semanales muy superiores a las horas dedicadas hoy por el trabajador asalariado medio, y para aprender de  una manera contraria al saber, ya que es separada radicalmente de la experiencia y dirigida tendenciosamente por los altos funcionarios y funcionarias del Ministerio, extinguiendo cualquier atisbo de voluntad crítica real, de investigación autónoma, de creatividad, y enseñando prácticamente lo mismo en todos los territorios dominados por el Estado Español.

Durante esta época de exámenes, multitud de información será almacenada,  temporalmente, en las mentes de los jóvenes. Almacenada simplemente, ya que no se dispone de tiempo para nada más. Con la falta de tiempo y el atosigamiento que supone toda la marabunta de material a memorizar, al estudiante medio no le está permitida la investigación libre, el contraste con otras fuentes distintas a las dictaminadas en sus clases, tiene que tragarse una tras otra las mentiras y dogmas oficiales pertinentes, no puede ni siquiera acercarse a los motivos por los que está siendo usado aquello que está estudiando y por supuesto no puede comparar lo estudiado a través de la realidad. Es decir, estamos ante  un adoctrinamiento puro, duro y a gran escala.

Al igual que le ocurre al trabajador medio, al acabar su jornada de estudio, no dispondrá de tiempo ni ganas para auto-construirse como persona, ni en soledad ni en compañía. No  quedará tiempo para la cena familiar (ni para contribuir a su elaboración) sin tener que abandonarla en seguida para proseguir con la tarea o descansar para volver a ella el día siguiente. Tampoco para visitar a los amigos, poder mantener una conversación con éstos,  recorrer el parque más cercano tranquilamente, visitar el monte vecino o participar en  cualquier evento barrial. No digamos ya para practicar alguna actividad artística que  requiera de un mínimo de dedicación. Si por un casual se anima a hacer alguna de estas  actividades, sabe que será con un incremento de agobio.

Debido al grado extremo de especialización, excepto que el joven se abstenga de intentar comprender la realidad actual a partir de sus estudios académicos, acaba convirtiéndose en incapaz para tal tarea, ya que para ello necesita comprender otras temáticas, necesita  información contrastada y voluntad de aprendizaje libre, todo lo que se persigue y no es  permitido desde la enseñanza universitaria. Por tanto, estamos ante seres incapaces para la comprensión, y consecuentemente, para la transformación, de la realidad en la que se encuentran inmersos.
Además de todo lo descrito hasta ahora, con los exámenes se produce en multitud de ocasiones un ambiente frenético de competencia y comparación insana, donde unos ganan y otros pierden, generando recelos y envidias, poca tendencia a la solidaridad y más por el contrario al enfrentamiento por la nota superior y las recompensas pertinentes. Estado  anímico altamente beneficioso para pasar luego a las filas de la gran empresa.

Y después de esta época de exámenes, vuelta al redil. Pero antes, un poco de tiempo de desfogue, para al igual que en el trabajo asalariado, poder liberar temporalmente tensiones y estrés acumulado con altas dosis de alcohol. Después, preparación de nuevos exámenes  parciales, trabajos obligatorios, estado mental de estrés y agobio continuados, liberación  ficticia de ese estado anímico con más ocio destructivo los fines de semana que haya tiempo para ello, y asistencia continuada y obligatoria a las aulas, sin tiempo para nada ni para nadie prácticamente, más que para la Universidad.

Pasan y pasan los años, y nuestra gran energía vital, propia de los años mozos, se ve  destinada casi por completo a todo lo descrito. Todo esto está alterando la misma naturaleza juvenil, creando seres apagados, sumisos, incapaces de crear, imaginar o convivir, no comprometidos con nada y sin atisbo de su clásico potencial vital y transformador. Al contrario de la expresión comentada al principio del texto, podríamos hablar más bien de la generación más “pasota” de la historia.

Un gran porcentaje de jóvenes continuará pensando en su futuro, olvidándose ya casi por completo del componente cultural supuestamente asociado a lo universitario, doblegándose plenamente y pasando a memorizar todo lo que le echen, sin réplica alguna, por una cuestión básicamente utilitarista y pragmática. Esto es esperanzador, ya que muchos jóvenes intuyen, sabiamente, que lo que les enseñan tiene escaso valor.
Es sabido que todo esto se intensifica más en la Universidad “pública” que en la privada, ya que aquélla requiere de mayor inversión de tiempo para la obtención de los títulos. Día tras día, la idea de la Universidad concebida como centro de cultura y saber, pierde más peso, habiendo muchos que la consideran ya como una máquina expendedora de títulos poco o nada útiles para el desenvolvimiento en la vida. Una sensación bastante pertinente y real, pero hay más, mucho más.

Sería muy enriquecedor que los jóvenes, padres y profesores que están viviendo estas situaciones y se sienten reflejados en lo descrito, se atreviesen a compartir sus reflexiones personales para seguir denunciando tal bellaquería. En este sentido, aunque trata del periodo de formación anterior al universitario, una lectura recomendable de la situación de la juventud hoy en la educación es la de la carta de una madre enviada al periódico El País, y publicada el 21 de junio de 2016 (Enhorabuena, hija, por tu nota en Selectividad. Perdón por tu infancia perdida). Narra cómo ha vivido el encierro de su hija durante la infancia en la habitación, por estar “siempre estudiando”, para “perseguir una maldita nota”. Denuncias  como esta son determinantes para elaborar un plan de acción y una estrategia que permita entender, y más adelante superar, esta fatídica situación.

Entiéndase este pequeño texto como introductorio, se elaborarán más sobre la naturaleza universitaria, para desgranar esta institución estatal que está triturando a buena parte de nuestra juventud, así como para pensar en herramientas que permitan afrontar tal situación. No obstante, no debemos caer en victimismos, la juventud es parte responsable  de esta coyuntura, al igual que sus gentes cercanas, por lo que, quienes compartan parte de estas visiones tienen que levantarse ante tal estado de cosas, elaborar estrategias para afrontar esta realidad que los machaca y tejer planes de superación, individuales y colectivos.

Javier de Miguel
Madrid, 30 de diciembre de 2016
amyrevxxi@autistici.org

PD:  Puedes descargar el PDF de este texto a través de este enlace.

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