La verdad, impresionante poro abierto. En nuestros lujosísimos y desbrujulados tiempos de postverdad, la desabrigada verdad, esa criatura aterida e inerme, se siente herida de muerte. Pero, sin duda, a pesar de sus íntimos refractarios, la realidad es tozuda. Y el primer hecho nudo y descascarillado es que el hombre, a diferencia de otros animales, ansía la verdad. La busca, la persigue, se anodada ante su pérdida. Pero, incluso cuando la evita, siempre es la verdad la que interviene sobre su existencia. Vampiriza nuestro ser. Y todo el tiempo que nos aproxima hacia la muerte. En realidad, el ser humano difícilmente podría fundar la propia vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente amenazada por el miedo, el caos y la angustia. Se puede delimitar, pues, al hombre como aquel que busca la verdad.

Y, costosísimamente, la podemos hallar. ¿A través de los sentidos? Éstos nos engañan, como brillantemente nos alertó Descartes. Cierto, pero no del todo. ¿A través de las experiencias, a la manera de Hume, conglomerando un cúmulo de causalidades que expliquen los fenómenos de la realidad que procuramos aprehender? Puede, desde luego. Los sentidos y la razón no son medios de desconocimiento. Más bien al contrario, más allá de sus derrapes, múltiples y ubérrimos. El escepticismo, poderoso rival de nuestra criatura, halla en sus mismas premisas su misma destrucción. Lo mismo que el relativismo. Ambos se devastan a sí mismos. Importantísima es la aseveración que tiene en cuenta la validez de las facultades cognoscitivas. Afirmación de gran valor frente a la evolución de la filosofía que de modo progresivo ha ido cayendo en el escepticismo. Una desgarradora desconfianza que ha llevado a negar la posibilidad de conocimientos trascendentes. E inmanentes. Incluso, cotidianos.

Quehacer proceloso, limpio, hermoso, ese sondeo de la verdad. El ser humano comienza poseyendo cierto conocimiento, cierta sospecha, cierto escrúpulo que le lleva a interrogarse sobre la realidad. Esto sucede también en el plano científico: lo primero son las intuiciones que ulteriormente habrá que verificar. El cotejo de las intuiciones lleva al progreso en el conocimiento. Ensayo y error, todo tan terso y transparente. Todo ello nos va lleva a fortalecer la capacidad del hombre para alcanzar la verdad.

Afirma el Evangelio de Juan (8,32) que la verdad nos hará libres. Sin duda. Enemigos de la verdad, fuertes, inagotables y rocosos: fideísmo, relativismo, subjetivismo, escepticismo, existencialismo, estructuralismo. O la hodierna corriente relativista, la postmodernidad. Todos, a la larga, perdedores porque como indica el inicio del libro primero de la Metafísica de Aristóteles: “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”. Y en esa irrefrenable pulsión nos va la vida. Y, por encima de todo, una buena vida.

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